Prem Dayal: para ser “chido” hay que dejar de creer que somos nuestra mente

El maestro de meditación y autor de Tai Chido propone mirar hacia adentro, cuestionar aquello que creemos ser y dejar de perseguir la felicidad como si fuera una meta más

Juana María Ramírez Gea.-

Si alguien piensa que la meditación consiste en sentarse en silencio, dejar la mente en blanco y respirar profundamente, Prem Dayal probablemente le dirá que está bastante equivocado. Y seguramente se lo dirá con una sonrisa, una palabra coloquial y alguna expresión capaz de sacudirle un poco las ideas.

Durante la pasada Feria Internacional del Libro de Guadalajara, conversamos con el maestro de meditación y escritor italiano, radicado en México, sobre Tai Chido, de editorial Grijalbo, su más reciente libro, y sobre una de sus grandes obsesiones: descubrir quiénes somos más allá de esa voz que tenemos permanentemente instalada en la cabeza.

Para Dayal, la mente no es exactamente nuestra identidad. Es, más bien, un programa que vamos adquiriendo desde que nacemos.

La mente es la forma en la cual tú viniste programada”, explica. Esa programación, dice, cambia de acuerdo con el lugar donde nacemos, la familia en la que crecemos, la cultura, las creencias y hasta la colonia en la que vivimos. No es lo mismo crecer en Guadalajara que en Chiapas, ni en Tepito que en Polanco.

El resultado es que buena parte de lo que pensamos, sentimos y hacemos responde a una programación social que aprendimos sin darnos cuenta.

Y ahí aparece una de las ideas centrales de su propuesta: si seguimos ciegamente a nuestra mente, podemos terminar comportándonos más como robots que como seres humanos.

No se trata de reprogramarse

Ante la pregunta de si entonces habría que “reeducar” la mente, Dayal hace una precisión importante: no se trata de cambiar un programa por otro.

Desde su perspectiva, los caminos espirituales no deberían buscar simplemente modificar conductas para convertir a una persona “mala” en una persona “buena”. Lo que propone es algo más profundo: una transformación que comienza cuando comprendemos que no somos nuestra mente.

Cambiar la mente, explica, puede ser relativamente sencillo: basta con programarla de otra manera. El verdadero reto consiste en descubrir quién es ese “yo” que puede observarla.

Y aquí llega una pregunta que, durante la conversación, dejó flotando en el aire:

“¿Quién es este güey que observa la mente?”

La pregunta parece sencilla, pero para Dayal ahí está precisamente el meollo del asunto.

Porque si podemos observar nuestros pensamientos, entonces existe un espacio entre nosotros y esos pensamientos. Y, de acuerdo con el autor, ese espacio es fundamental.

El gran desmadre de la mente

Para Dayal, meditar no significa dejar de pensar. Tampoco significa luchar contra los pensamientos para conseguir que desaparezcan.

La práctica consiste en aprender a permanecer en ese espacio desde el cual podemos observar la mente sin quedar atrapados en ella.

“La meditación sirve simplemente para adquirir la capacidad de quedarte fuera de este gran desmadre que es tu mente”, plantea.

Desde ahí entiende también el “arte de ser chido” al que alude el título de su libro: no como una pose, una actitud de moda o una colección de frases positivas, sino como la posibilidad de vivir desde un lugar más auténtico.

Y para lograrlo, dice, hay que relajarse.

El problema de querer ser feliz

Dayal lleva cuatro décadas dedicado a la meditación y pasó diez años viviendo en India, experiencia que considera fundamental en su formación. Se define como heredero directo de la corriente del Zen y sostiene que existe mucha confusión alrededor de lo que realmente significa meditar.

Uno de los problemas, afirma, es que en Occidente estamos demasiado acostumbrados a perseguir resultados.

Queremos éxito, dinero, reconocimiento, objetivos cumplidos y, por supuesto, felicidad. Pero incluso la felicidad la convertimos en una meta que hay que conquistar.

Y ahí, según Dayal, está la trampa.

Cuando buscas un resultado te alejas de ti mismo”, sostiene.

En su particular manera de explicar la diferencia, señala que tener dinero puede producir satisfacción, comodidad o bienestar, pero eso no necesariamente significa ser feliz.

La felicidad es otra cosa”, afirma.

Para él, la meditación puede convertirse precisamente en un camino hacia esa felicidad, no porque prometa convertirnos en personas exitosas, sino porque permite dejar de perseguir constantemente aquello que creemos que necesitamos para sentirnos bien.

Más que una técnica, un arte

Dayal también cuestiona la manera en que actualmente se utiliza la palabra “meditación”.

Considera que el concepto ha sido mezclado con prácticas como el coaching, la relajación, el yoga o la búsqueda de objetivos personales, hasta el punto de que muchas veces se termina llamando meditación a cosas que, desde su perspectiva, no tienen que ver con ella.

Por eso insiste en que antes de aprender una técnica habría que comprender qué es realmente la meditación.

Y aquí aparece otra de sus provocaciones: aprender una técnica puede ser relativamente fácil, pero aprender un arte requiere algo mucho más profundo.

Eso es precisamente lo que él asegura transmitir: un arte y no simplemente una técnica.

Un “atmanauta” es un viajero interior

Para quienes quieran acercarse a su propuesta, Dayal cuenta con una escuela en línea y la comunidad Atmanauta.

El nombre, explica, es un neologismo creado a partir de dos palabras: Atman, del sánscrito, relacionado con el alma o el mundo interior, y “nauta”, del griego, que significa viajero.

Así, un atmanauta es un viajero del mundo interior.

La comunidad ofrece cursos, técnicas de meditación y charlas, además de la posibilidad de mantener interacción con él. La intención, explica, es comenzar poco a poco a abrir un nuevo horizonte que eventualmente pueda llevar a una experiencia más directa de la meditación.

Una cantina puede ser más espiritual que un templo

Si algo caracteriza a Prem Dayal es que su discurso no se parece demasiado al de un gurú tradicional.

Él mismo explica que utiliza deliberadamente un lenguaje popular y callejero. Incluso bromea con su español, al que describe como una peculiar mezcla de acento italiano y aprendizaje “a la mexicana” en la calle.

Su elección del lenguaje no es casual.

Para Dayal, la espiritualidad no necesariamente está donde solemos buscarla. En una de las frases más irreverentes de la charla, asegura que para él puede haber más espiritualidad en una cantina que en un templo, precisamente porque considera que la primera puede ser más auténtica.

Esa irreverencia también está presente en sus títulos.

Tai Chido busca provocar, igual que sus otros libros. El autor quiere que el lector encuentre algo inesperado y que, de alguna manera, el libro le “mueva el tapete”.

Del “Me vale madres” a “Tai Chido”

Antes de Tai Chido, Prem Dayal ya había conquistado lectores con ¡Me vale madres! Mantras mexicanos para la liberación del espíritu, un libro que, reconoce, aborda estos temas desde un tono mucho más juguetón.

Me vale madres” es, para él, un libro para reírse —algo que considera poco frecuente entre los libros—, mientras que Tai Chido profundiza más en la comprensión del Zen y en la relación que tenemos con nuestra propia mente.

Pero ambos comparten algo: la intención de provocar.

Dayal no parece interesado en ofrecer respuestas cómodas. Más bien quiere generar preguntas.

Y quizá por eso, al terminar la conversación, queda una de ellas dando vueltas:

Si puedes observar tu mente, entonces… ¿quién eres tú?

Tal vez ahí comienza el viaje del atmanauta.

Y tal vez, para Prem Dayal, también ahí empieza el verdadero arte de ser “chido”.

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