Sincronicidad y números en el arte abstracto
Por Ivette Muñoz
¿Qué sentimos cuando estamos frente a una obra de arte abstracto?
A veces fascinación. A veces desconcierto. Incluso puede aparecer esa pregunta que muchos hemos pensado alguna vez: “¿Y esto qué significa?”
Cuando no encontramos un rostro, un paisaje o una escena que podamos reconocer, nuestra mente busca rápidamente una explicación. Queremos encontrar una historia, identificar una forma o descubrir qué quiso decir el artista.
Pero quizá el arte abstracto nos está proponiendo justamente lo contrario: dejar de buscar una respuesta inmediata y comenzar a sentir.
Una línea, un círculo, una combinación de colores o una forma aparentemente sencilla pueden despertar emociones que no siempre sabemos explicar. Y detrás de esas decisiones visuales puede existir algo que nos resulta familiar en esta columna: el encuentro entre el arte, los números, la geometría y aquello que todavía no podemos ver del todo.
En esta entrega de El algoritmo de las musas, vamos a acercarnos al arte abstracto desde esa mirada: como un lenguaje capaz de convertir ideas, emociones y conceptos invisibles en formas que podemos contemplar.
Cuando la geometría también busca expresar
El arte abstracto no surgió simplemente del deseo de romper con lo anterior. Algunos de sus grandes representantes buscaban nuevas maneras de expresar aquello que no podía representarse fácilmente mediante una figura.
Hilma af Klint, Wassily Kandinsky y Piet Mondrian, por caminos muy diferentes, exploraron relaciones entre formas, colores, líneas, espiritualidad y composición.
Para ellos, la realidad podía ser algo más que aquello que nuestros ojos alcanzaban a reconocer.
Mondrian llevó esa búsqueda hacia una composición basada en líneas horizontales y verticales, cuadrados y rectángulos, acompañados por los colores primarios. Su obra puede parecer sencilla a primera vista, pero detrás de esa aparente simplicidad existe una búsqueda constante de equilibrio y armonía.
Es aquí donde la geometría comienza a convertirse en algo más que una herramienta: se transforma en lenguaje.
Kandinsky: cuando el color comienza a sonar
Wassily Kandinsky tenía una relación particularmente profunda con la conexión entre pintura y música. Sus escritos y su obra reflejan su interés por la manera en que los colores y las formas podían provocar sensaciones semejantes a las que produce la música.
Desde la mirada simbólica de la numerología, podemos encontrar correspondencias interesantes entre algunas formas geométricas y determinadas cualidades:
El triángulo (vibración 3). Una forma que apunta, asciende y genera dirección. Puede relacionarse simbólicamente con la expresión, el movimiento y la expansión.
El cuadrado (vibración 4). Sus cuatro lados y sus ángulos definidos transmiten estabilidad, estructura y límites. Es una forma que nos habla de aquello que necesita un cimiento para poder construirse.
El círculo (vibraciones 1 y 9). No tiene principio ni final visibles. Por eso puede asociarse con la unidad, la totalidad y los ciclos: aquello que comienza, se transforma y vuelve a encontrarse consigo mismo.
Estas asociaciones no pretenden decirnos qué debemos sentir frente a una obra. Son una invitación a observarla desde otro ángulo y preguntarnos qué ocurre cuando las formas, los números y nuestras propias emociones entran en diálogo.
Cuando el cuadro también nos mira
Hay algo particularmente interesante en el arte abstracto: dos personas pueden estar frente al mismo lienzo y vivir experiencias completamente diferentes.
Una puede sentir tranquilidad.
Otra puede experimentar inquietud.
Alguien más puede recordar una etapa de su vida o sentirse inexplicablemente atraído por una determinada forma o color.
¿Por qué sucede?
La respuesta puede encontrarse, en parte, en nuestra propia historia. No llegamos frente a una obra con la mente en blanco. Llevamos recuerdos, emociones, experiencias y momentos personales que influyen en la manera en que observamos.
Desde la numerología y la idea de sincronicidad, podemos interpretar esas coincidencias como encuentros significativos entre nuestro momento vital y aquello que aparece frente a nosotros.
Tal vez por eso una obra que ayer nos dejaba indiferentes puede conmovernos profundamente años después.
La obra no necesariamente cambió. Nosotros sí.
Aprender a mirar sin buscar respuestas
La próxima vez que estés frente a una obra abstracta, prueba algo diferente.
No intentes descubrir inmediatamente qué representa.
Mira primero.
Observa las líneas, los espacios, las repeticiones, los colores, la proporción entre las formas.
Pregúntate qué sensación aparece en tu cuerpo antes de ponerle un nombre.
Y después, si quieres, pregúntate qué número podría acompañar simbólicamente esa experiencia.
Quizá descubras que el arte abstracto no necesita explicarse para conmovernos.
Porque algunas obras no están hechas para mostrarnos algo que ya conocemos, sino para ayudarnos a mirar aquello que todavía no sabemos nombrar.
Y tal vez ahí esté la verdadera magia de lo invisible: en ese instante en que una forma, un color o un número encuentra algo dentro de nosotros y, sin decir una sola palabra, comienza una conversación.