- Janis Maldonado y Erika “Maldo” recorrieron Oaxaca y Sonora para rescatar historias sobrenaturales contadas de generación en generación. El resultado es un libro que mezcla miedo, humor, memoria, tradiciones y una buena dosis de escalofríos.
Hay historias que se cuentan alrededor de una fogata, otras que salen a relucir durante una visita al pueblo de los abuelos y algunas más que alguien se anima a narrar cuando cae la noche y la conversación comienza a ponerse interesante. También están esas que nadie quiere contar demasiado fuerte, no vaya a ser que, por andar nombrando cosas, algo termine respondiendo.

De escuchar precisamente esas historias viven —y disfrutan— Janis Maldonado, mejor conocida como Janis, y Erika “Maldo” Maldonado, creadoras del podcast Morras Malditas, quienes decidieron llevar su curiosidad por lo sobrenatural más allá del micrófono y emprender un viaje por sus lugares de origen: la sierra Mixteca de Oaxaca y el desierto de Sonora.
El resultado es Morras Malditas, un libro que reúne alrededor de 47 relatos y que tiene mucho más que fantasmas, apariciones y seres misteriosos. Entre sus páginas también hay recuerdos familiares, lenguas originarias, tradiciones que poco a poco se apagan y una invitación a mirar de nuevo esos lugares que, quizá por la costumbre o por la distancia, hemos dejado de apreciar.
Entrevistadas durante la pasada Feria Internacional del Libro de Guadalajara, las dos creadoras platicaron sobre esta aventura en la que fueron de casa en casa preguntando a desconocidos si tenían alguna historia sobrenatural que contar. Así, sin más. Porque si algo han aprendido en estos casi cinco años de podcast es que todo mundo tiene una historia: vivida, escuchada o heredada de alguien que jura que aquello sucedió exactamente como lo cuenta.
Y sí, por si alguien se lo pregunta, a ellas también les da miedo.
“Muchas veces traemos la piel de gallina, pero es miedo, es rico, ¿no? De miedo, pero me gusta tener ese miedo”, cuentan entre risas. Porque una cosa es dedicarse a narrar historias escalofriantes y otra muy distinta es estar en el lugar donde ocurrieron, escuchar los detalles de primera mano y preguntarse si aquello que se acaba de mover fue el viento… o algo más.
De mujeres, brujas y una buena dosis de malditez
Antes de emprender viajes en carretera, visitar pueblos y tocar puertas en busca de relatos, Janis y Maldo comenzaron con una inquietud muy concreta: ¿por qué casi todas las voces que narraban historias sobrenaturales que ellas escuchaban eran masculinas?
“Nosotras amamos La Mano Peluda y tenemos muchos colegas que están en el ámbito, pero dijimos: ‘No conocemos a mujeres que narran lo sobrenatural’. Y platicando una tarde dijimos: ‘¿Y por qué no somos nosotras?’”, recuerdan.
Así nació Morras Malditas, un proyecto que desde el nombre deja clara su intención de apropiarse de una palabra cargada de historia.

Durante siglos, a las mujeres que tenían conocimientos, sabiduría o prácticas que escapaban de lo establecido se les llegó a señalar como brujas, mujeres malditas o peligrosas. Janis y Maldo decidieron darle la vuelta a esa etiqueta y convertirla en una bandera.
“Nosotras honramos eso, abrazamos esa malditez y la enaltecemos a través de nuestras narraciones”, explican.
El podcast cumplió 5 años en marzo y, durante ese tiempo, ambas han construido una comunidad alrededor de las historias que nos hacen mirar de reojo hacia la oscuridad. Sin embargo, el libro representa una aventura distinta: en lugar de pedirle a la gente que les enviara sus relatos, decidieron salir a buscarlos personalmente.
La idea surgió de un capítulo del podcast llamado Historias de Norte a Sur, en el que contaban relatos de sus respectivas regiones.
Janis es de Oaxaca y Maldo de Sonora. Dos territorios distantes, con paisajes, costumbres y formas de entender el mundo muy diferentes, pero unidos por algo que ellas descubrieron desde el principio: en todos lados hay historias que merecen ser escuchadas.
Oaxaca y Sonora: dos territorios, muchos espantos
El libro no es simplemente una recopilación de leyendas. Es una crónica de viaje en la que las autoras cuentan lo que vivieron mientras recorrían comunidades, conversaban con sus habitantes y se adentraban en relatos que, en ocasiones, ni siquiera habían escuchado dentro de sus propias familias.
El recorrido por Oaxaca ocurrió en agosto, en plena temporada de lluvias. Las montañas estaban verdes, había cascadas y la neblina envolvía algunos pueblos. Sonora llegó después, en diciembre, con sus paisajes desérticos y una naturaleza que sorprendió incluso a quienes pensaban conocerla.
Y vaya que encontraron historias.
“Nosotras decimos que todo mundo tiene una historia que contar, ya sea vivida o que te hayan contado”, comentan.
En Oaxaca, por ejemplo, encontraron historias vinculadas con el respeto a la naturaleza, los seres de la montaña y ciertas presencias que habitan entre la neblina. Se habla de entidades que pueden atraer a las personas hacia las cuevas y quedarse con sus almas.
Para Maldo, acostumbrada al paisaje sonorense, imaginar a uno de esos seres apareciendo entre la bruma de una montaña resultaba especialmente inquietante.
“Yo vengo del desierto, del sol y así. Entonces, un pueblito en la montaña donde hay neblina y resulta que hay un ser de la neblina que entre la neblina se aparece… Imagínate estar arriba en la montaña. Todo el pueblo es así”.
La escena se construye casi sola: el camino desaparece entre las nubes bajas, los árboles se pierden a unos cuantos metros y algo parece moverse delante de ti. Si de pronto una voz te invita a seguirla hacia una cueva, quizá lo más sensato sea recordar que no todas las invitaciones deben aceptarse.
“Que te vaya llevando esa neblina, que de alguna forma te encante y termines en una cueva. ¡Ay, qué miedo! Pero qué padre historia”, dice Maldo.
En Sonora, en cambio, se encontraron con relatos sobre tesoros escondidos y entidades malignas relacionadas con lugares que, según los habitantes, están marcados por una presencia oscura.
Uno de los casos que más las impresionó fue el de un pueblo donde varias personas, sin ponerse de acuerdo entre ellas, les recomendaron visitar la misma casa.
“Todas nos decían: ‘Es que el pueblo está maldito por ese ser que habita ahí en esa casa. Vayan a la casa del indio, vayan a la casa del apache’”.
“Imagínate qué denso debe de estar como para que todo el pueblo te mande a un único lugar”, reflexionan.
Por eso, en este libro no hay que esperar que La Llorona aparezca en cada capítulo. La apuesta es otra: conocer esos relatos que permanecen vivos en determinados pueblos, aunque fuera de ellos casi nadie sepa que existen.
Cuando hasta el gato parece saber demasiado

Una cosa es escuchar una historia sobrenatural cómodamente sentado en casa y otra estar frente a la persona que asegura haber vivido los hechos, en el mismo sitio donde ocurrieron.
Janis y Maldo no se limitaron a recopilar testimonios por teléfono. Fueron a los lugares, conocieron a las familias y se sentaron a escuchar. Y durante ese proceso, dicen, también vivieron momentos difíciles de explicar.
Uno de ellos ocurrió en Sonora, mientras un hombre les narraba una experiencia que llevaba mucho tiempo guardada. Afuera había un gato que comenzó a maullar de una manera extraña, con sonidos que llamaron la atención de las dos.
Las casas de la región, explican, suelen ser bajas y alargadas, con interiores frescos. Era diciembre y, mientras el hombre hablaba, apareció una corriente de aire que salió desde el interior de la vivienda, las recorrió y las hizo mirarse entre sí.
No hacía falta que ninguna dijera demasiado. Bastaba con esa mirada de complicidad que significa: “¿Tú también sentiste eso?”.
Y es que el viaje no solo consistió en escuchar historias ajenas. Las autoras estuvieron presentes en esos escenarios, registrando las conversaciones y observando los detalles que difícilmente podrían transmitirse de la misma manera si alguien simplemente les hubiera enviado un mensaje.
Otro momento que recuerdan ocurrió en San Lucas Yosonicaje, Oaxaca, mientras conversaban con el señor Aparicio. La charla giró alrededor del tachi, un concepto que ellas explican como algo cercano al diablo en español, aunque con significados más amplios dentro de las lenguas y cosmovisiones originarias.
Afuera llovía. Y, según cuentan, cada vez que en la conversación se pronunciaba la palabra tachi, la lluvia parecía cobrar fuerza en la grabación.
“Yo lo sentí así como de que: ‘No me estés nombrando’”, recuerda una de ellas.
¿Una coincidencia? ¿Una impresión provocada por el ambiente? ¿Algo más? Cada quien tendrá su propia interpretación, pero para las Morras Malditas estos momentos forman parte de las experiencias que hicieron especial el recorrido.
Los espantos que no salen en los libros de siempre
Una de las decisiones más importantes del proyecto fue evitar los personajes sobrenaturales que ya forman parte del repertorio popular.
“Nos propusimos eso: no vamos a hablar de La Llorona, no vamos a hablar de los espantos populares; hay que nombrar esos otros que se están olvidando y que se están perdiendo”, explican.
Y así llegaron, entre otros, a los chífuros, seres vinculados con la comunidad zapoteca de Santa Catarina Ixtepeji.
Cuando preguntaron a doña Filo si en el lugar había historias sobrenaturales, la respuesta fue más o menos que no había nada raro por ahí… aunque quizá los chífuros podían entrar en la categoría.
¿Y qué son los chífuros? Según los relatos que recogieron las autoras, son personas que nacen con un don que les permite prenderse en fuego y volar. Pero no se trata solamente de una imagen fantástica: en la tradición que les compartieron, estas figuras cumplen una función de protección comunitaria.
“Van a ciertos puntos del área para cuidar que nada malo entre. Hacen su ritual cada cierto tiempo”, explican.
Lo más llamativo es la forma en que las personas de la comunidad hablan de ellos. No necesariamente como criaturas de un mundo lejano, sino como algo que pertenece a su realidad cultural y que se reconoce mediante el conocimiento compartido entre sus habitantes.
Las autoras incluso llegaron a conversar con una persona señalada por otros como chífuro. Sin embargo, por respeto a su voluntad, no revelaron su nombre ni compartieron la fotografía que le tomaron. Tampoco pudieron grabarlo, pues él pidió que no lo hicieran.
Y esa decisión también habla de la manera en que abordaron el proyecto: la búsqueda de una buena historia no está por encima de la privacidad ni del respeto hacia quienes les abrieron las puertas de sus comunidades.
Entre el mixteco y el español: historias que también hablan de identidad
Aunque los espantos son el gancho inmediato para acercarse al libro, conforme avanza la conversación aparece otro tema que toca fibras más profundas: la pérdida de las lenguas originarias y de los conocimientos que durante generaciones han pasado de boca en boca.
Muchas de las historias que escucharon en Oaxaca fueron narradas en mixteco. Para comprenderlas y compartirlas con sus lectores, Janis y Maldo contaron con el apoyo de familiares y personas de las comunidades, entre ellos Papá Poncho y el tío Claudio, quienes las ayudaron a traducir esos relatos.
En ese proceso vivieron un momento que recuerdan con especial cariño: Papá Poncho, hablante de mixteco de Santo Reyes Tepejillo, y el señor Aparicio, hablante de mixteco de San Lucas Yosonicaje, comenzaron a conversar con entusiasmo sobre las diferencias entre sus formas de hablar.
“Fue hermoso, porque eso puede que en algún momento deje de escucharse”, recuerdan.
Las doce son una hora pesada… y mejor no salir
Entre los relatos reunidos hay también recomendaciones que las autoras recibieron de sus propios informantes. Una de ellas viene de la tía Filo, quien les advirtió que las doce son una hora pesada.
¿Del día o de la noche? De ambas, según la explicación que compartieron durante la entrevista.
“No, muchachas, no salgan a las doce porque las doce es hora pesada y si están afuera, ya sea del día o de la noche, guarden silencio un ratito y van a ver cómo hasta un airecito pasa”, les habría dicho.
La recomendación tiene ese encanto de las creencias transmitidas en familia: se cuenta con naturalidad, como quien advierte que va a llover o que hay que tener cuidado al cruzar el camino.
Por eso describen el libro como “una carta de amor sobrenatural a nuestras tierras”.
Una limpia con maíz y una tradición que necesita relevo
En Santa Catarina Ixtepeji, las autoras también tuvieron la oportunidad de conocer a doña Malena, una de las últimas curanderas de la comunidad, quien les realizó una limpia con maíz.
La experiencia las acercó a otra parte de las tradiciones locales: las prácticas para curar el espanto y la lectura del maíz, conocimientos que, de acuerdo con lo que les contó la propia curandera, cada vez despiertan menos interés entre las nuevas generaciones.
“Ya nadie quiere aprender de esto, ya nadie quiere aprender cómo curar de espanto, ya nadie quiere aprender cómo saber leer el maíz”, recuerdan que les dijo.
La preocupación de doña Malena va más allá de conservar una costumbre curiosa para contar en una reunión. Se trata de mantener vivo un conocimiento que ha sido transmitido durante años y que corre el riesgo de desaparecer si nadie aprende a practicarlo.
Las Morras Malditas encontraron ahí una razón más para hacer el libro. Las historias sobrenaturales no viven aisladas de la cultura: conviven con remedios tradicionales, formas de interpretar el entorno, creencias y conocimientos que ayudan a explicar cómo una comunidad se relaciona con lo que la rodea.
Por eso, aunque el lector se acerque atraído por los fantasmas, puede terminar encontrándose con preguntas sobre la memoria, las raíces y la responsabilidad de escuchar a quienes todavía conservan esos saberes.
Y sí, también puede acabar preguntándose si debería quedarse en casa cuando el reloj marque las doce.
Una invitación a volver al lugar de donde venimos
Al final de la charla, Janis y Maldo dejan claro que Morras Malditas no está pensado exclusivamente para quienes disfrutan las historias de terror. También puede conectar con quienes alguna vez dejaron su pueblo, con quienes tienen abuelos que guardan relatos familiares o con quienes sienten curiosidad por conocer las tradiciones que sobreviven lejos de las grandes ciudades.
“Es una invitación a reconectar con tu raíz, con la raíz de tus abuelitos, abuelitas, el pueblo que tuvieron que dejar”, explican.
En sus páginas aparecen historias vinculadas con la migración, con las familias que tuvieron que abandonar sus lugares de origen y con los recuerdos que permanecen incluso después de muchos años de vivir lejos.
A veces, un relato que asustó a alguien durante su infancia se convierte en uno de los pocos vínculos que conserva con la comunidad donde creció. Volver a contarlo permite recuperar algo de ese pasado y compartirlo con quienes nunca tuvieron la oportunidad de conocerlo.
Las autoras quieren que el libro llegue también a esas personas que quizá no conocen el proyecto o que no suelen acercarse a la literatura sobrenatural.
No es necesario creer en fantasmas para disfrutar las historias. Basta con tener curiosidad, ganas de conocer otras formas de entender el mundo y disposición para escuchar lo que otras personas tienen que decir.
Porque, como ellas mismas comprobaron, incluso la gente más escéptica suele tener algo que contar.
Apaguemos la luz y entremos a la noche
Con alrededor de 47 relatos, ilustraciones de Maldo y una crónica de viaje que atraviesa dos regiones muy diferentes, Morras Malditas propone una lectura ideal para octubre, cuando las ganas de escuchar historias escalofriantes suelen aumentar y cualquier ruido en la casa parece tener una explicación bastante menos tranquilizadora de lo habitual.
Pero el libro también invita a mirar más allá del susto. Es una exploración de la memoria colectiva, de las lenguas originarias, de las tradiciones que necesitan nuevas generaciones dispuestas a aprenderlas y de los lazos que permanecen entre las personas y sus lugares de origen.
Durante la entrevista, incluso lanzaron una advertencia entre risas para quienes todavía no conocen su trabajo: más vale escucharlas, porque, de lo contrario, podría caerles una “maldicilla”.
Así que ya saben: si les gustan las historias que provocan escalofríos, las leyendas que no aparecen en los relatos de siempre y los viajes que permiten conocer un México lleno de voces y misterios, quizá sea momento de acercarse a estas dos narradoras.
Eso sí, después de leerlas, si escuchan un maullido extraño, sienten una corriente de aire dentro de una habitación cerrada o ven que la neblina parece invitarlos a seguir un camino desconocido… ustedes sabrán si quieren investigar o prefieren quedarse tranquilitos en casa.
Como dicen las Morras Malditas en su invitación al Mictlán: “Apaguemos la luz y entremos a la noche”.