Con Mirada Bien Tapatía
Por Dolores Díaz, maestra el estudios políticos y culturales.

La euforia colectiva por los festejos del mundial trajo una serie de consecuencias para una de las sedes mundialistas como es Jalisco, los conciertos gratuitos, los lugares públicos delimitados con vallas y letrero alusivos al mundial provocó una ola de festejos que llegaron a compararnos con el comportamiento de un chimpancé, y es que la combinación del alcohol, euforia, y el sentir colectivo provocaba desorden que resultó incontenible para la autoridad policiaca, quienes no dejan de ser ciudadanos, mientras las masas terminaron aplastando el orden en las calles.
Espacios llenos de basura y las cuadrillas de personal de limpieza teniendo que subsanar los hechos ocurridos de la noche anterior, imágenes de personas saltando arriba de autos, colgados de techos, moviendo autos y aventándose unos a otros, volando en el aire, quizás al principio resultó gracioso observar uno que otro video en internet, pero poco a poco se comenzaron a escuchar historias de personas lastimadas de columna, elementos policiacos lastimados, y personas desaparecidas en medio de la fiebre mundialista.
Mientras las autoridades gubernamentales posan en la foto del estadio para demostrar que son populares y sean considerados en la boleta de las próximas elecciones, pero lo que se vive en las calles es otra historia, madres buscadoras, personas con discapacidad rezagados, los apoyos gubernamentales a cultura limitados generando cada día una ciudad más decadente, con problemas de ansiedad, paranoia y otras tantas consecuencias de la inseguridad, problemas de salud mental y físicos a causa de las malas decisiones de quienes administran los bienes y servicios, para terminar demostrando que primero están los amigos en la nómina que la salud de la población.
Las narrativas se construyen y así como los ciudadanos ya sembraron la idea de colectividades tomando las calles y avenidas como muestra de un festejo futbolero, un concierto gratuito, esta misma colectividad ya demostró que puede derribar una valla para acceder a los espacios públicos y romper infraestructura, dañar vehículos, para después disfrazada de festejo, cuando en el fondo puede ser la forma de asfixiar la incertidumbre, inseguridad, la falta de oportunidades económicas, y el dolor colectivo que se vive todos los días.
Todos nos vemos unos a otros y sabemos que pertenecemos no a una playera verde, ni una ciudad, o país, pertenecemos a una misma sociedad dolida, con esperanzas, sueños y anhelos por ver triunfar a un equipo de futbol que nos represente, que nos aliente a saber que pertenecemos a un mundo. Nos vemos, nos escuchamos y reconocemos nuestra cultura nuestra forma de expresarnos, nuestra lengua, nuestra comida, y siempre se ha señalado que la ciudadanía es la que falla, la que no sabe comportarse, cuando alguien asuma la responsabilidad que le corresponde quizás podamos cambiar la óptica, no basta que la FIFA o el Gobierno controle, sofoque o delimite espacios y permita o no permita vender a los ciudadanos que pagan sus impuestos.
No son ellos los buenos y nosotros los malos, no se trata de culpabilizarnos unos a otros, quizás hace falta esa mirada de colectividad que la FIFA nos vino a recordar que los espacios los hemos conquistado, y en el querer mostrar con infraestructura digna de un mundial nos afloró la responsabilidad social, no es quién ensucia las calles y quién las limpia, es quizás que el intercambio de culturas nos mostró que también se puede caminar con una bolsa en mano y recoger lo que tiramos, hacernos responsable de nuestros actos, ocupar el espacio que siempre fue nuestro, no se necesita derribar vallas cuando ya son nuestras y nunca debimos permitir que se instalaran, este mundial nos deja muchos aprendizajes. Pero, uno de ellos es la responsabilidad del festejo colectivo.
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