Punto de En-Roque
Edith Roque Huerta, Analista Jurídica.

En tiempos en los que la excepcionalidad suele confundirse con prerrogativa, una escena aparentemente menor ofrece una lección institucional de gran calado. Madeline Schizas, atleta olímpica canadiense y estudiante universitaria, solicitó una extensión de plazo para entregar una actividad académica durante los Juegos de Invierno Milano–Cortina 2026. No pidió trato preferencial. No exigió una calificación automática. No solicitó aprobar sin evaluar. No pretendió incumplir. Pidió tiempo. Y aceptó reglas.
La respuesta fue tan sobria como pedagógica. McMaster University respetó plenamente la autonomía y la libertad académica del profesorado. Ninguna autoridad administrativa intervino, presionó o sugirió “apoyos” para alterar criterios de evaluación. Aun tratándose de una estudiante con trayectoria sobresaliente y representación deportiva internacional, la decisión quedó —como debe quedar— en manos del profesor, con base en reglas conocidas, trato equitativo y responsabilidad institucional.
Conviene detenerse ahí. El respeto a la autonomía docente no es insensibilidad; es condición de igualdad. La escuela y las tareas no son castigos, sino parte del compromiso formativo que se asume al ingresar a una institución educativa. El profesor concedió la extensión con fundamento y empatía, sin alterar el estándar: la evaluación se mantuvo intacta y la obligación académica también. El dato clave —frecuentemente omitido— es revelador: la actividad representaba apenas el 3 % de la calificación final. No estaba en juego el destino académico de nadie, sino el principio que sostiene a la institución.
En otros contextos —y aquí conviene mirarnos sin complacencia— el desenlace podría haber sido distinto. En algunas universidades públicas de México, la expectativa de privilegios no es excepcional, sino parte de una práctica tolerada: presiones para “ayudar” a estudiantes con poder, visibilidad o respaldo político; gestiones informales para aprobar sin evaluar; confusión entre sensibilidad y concesión indebida. Eso no es justicia. Eso no es ética. Eso es corrupción normalizada: la sustitución de la norma por el favor, del criterio por la influencia, de la igualdad por el privilegio.
La verdadera lección no está en la extensión concedida, sino en lo que no se concedió. La responsabilidad no desaparece por el mérito personal. El respeto a las reglas es lo que legitima a las instituciones. La equidad no consiste en otorgar ventajas, sino en aplicar la norma con humanidad, no con favoritismos. Aquí la empatía no erosionó el estándar; lo hizo sostenible.
Este episodio ilumina un punto central del debate educativo contemporáneo: la legitimación de las decisiones públicas. Las instituciones son creíbles cuando sus reglas son claras y se aplican sin excepciones arbitrarias; y son justas cuando esas reglas admiten razonabilidad en su ejecución. Autonomía sin sensibilidad deriva en rigidez; sensibilidad sin reglas deriva en discrecionalidad. La integridad institucional exige equilibrio.
La analogía con la función pública es inevitable. En la vida académica —como en el gobierno— la integridad se demuestra cuando nadie está por encima de las reglas, pero las reglas se aplican con criterio y proporcionalidad. Cuando una autoridad no interviene donde no debe; cuando un docente decide sin presiones; cuando una estudiante acepta cumplir sin reclamar privilegios. Ahí se construye confianza.
Educar también es formar ciudadanía. Desde la escuela se enseña qué significa el poder, cómo se ejerce y hasta dónde llega. Se enseña que el mérito no compra excepciones, que la igualdad no es trato idéntico sino trato justo, y que la empatía no es licencia para el atajo. En un país con altos niveles de corrupción cotidiana, la pregunta no es menor: ¿qué nos falta para enseñar valores con coherencia? Tal vez empezar por algo básico y exigente a la vez: aplicar las reglas sin miedo y sin favores. Porque cuando la academia logra eso, no solo evalúa; educa. Y cuando educa así, sostiene lo público con algo más fuerte que el prestigio: la confianza.
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