La Tropa, el Estado es el verdadero victimario

Los periodistas Daniela Rea y Pablo Ferri publican este libro donde se expone la condicionante de “Luz Verde” para que los militares puedan torturar, desaparecer, disparar contra civiles

Por Mario Díaz (El Master)

Cuando Felipe Calderón Hinojosa, hoy expresidente de México (hoy mejor conocido como el “Comandante Borolas”) le declaró la guerra al narcotráfico y sacó al Ejército de sus cuarteles para que realizaran funciones de seguridad pública, nunca consideró las consecuencias negativas que esto traería para la sociedad civil y que bajo el argumento de bajas colaterales se justificaba el exceso de violencia con que los uniformados actuaban.

Para los periodistas Daniela Rea y Pablo Ferri, en su libro La Tropa, soy tajantes en su argumento: cuando un soldado sospecha de un vehículo prepara su arma, dispara y mata, una parte del Estado se rompe.

Algo que no debería ocurrir simplemente de repente sucede. Calderón Hinojosa solo camufló a los militares como si se tratara de policías pero con entrenamiento para la guerra, la batalla contra los enemigos esto planteaba una ecuación vacilante y solo una posible consecuencia, el terror.

Al cambio de administración Enrique Peña Nieto solo sumó su incomprensión a este fenómeno y en más de una década, el ombudsman mexicano ha recibido más de once mil quejas por presuntas violaciones a derechos humanos cometidas por militares, en su mayoría son denuncias por asesinato, tortura, desaparición forzada.

Los autores de este libro frontal ganador del Premio de Periodismo Javier Valdez 2018 (Aguilar/Penguin Random House, 2019), riguroso en su investigación, no por ello menos humano y con pasajes conmovedores, quisieron entender el motivo, saber en qué circunstancias se dan estos horrores. Para develar las verdades expuestas en estas páginas eligieron a los soldados. ¿Quiénes son? ¿Cuáles son sus historias? ¿Cómo han sido entrenados? ¿En qué momento y por qué asesinan, torturan, desaparecen?

Hace tres años Pablo Ferri y Daniela Rea iniciaron un viaje para buscar respuesta a estas preguntas, travesía que los llevó a la cárcel militar de Ciudad de México, a un consejo de guerra en Veracruz, a patrullar con soldados junto al río Bravo… estas páginas intentan ofrecer las respuestas a estos cuestionamientos inquietantes y sin justificación alguna, pues no la hay cuando supuestamente son formados para proteger a la sociedad civil, a una orden o por el simple hecho de así considerarlo terminan cometiendo las bajezas más ruines que puede cometer un delincuente, torturar, disparar contra civiles desarmados para luego plantarles armar y alegar que solo se trató de una consecuencia al repeler agresión en su contra, daños colaterales.

Por estas páginas los periodistas dan voz a familiares de víctimas, soldados encarcelados para entender este cruento fenómeno.

A continuación te dejamos unos fragmentos de La Tropa cortesía de Aguilar/Penguin Random House, 2019

II

Queríamos visitar esa cárcel desde hacía tiempo. Nuestro objetivo: hablar con La Tropa. Militares procesados por homicidio. Soldados, cabos, sargentos que habían matado, acusados de hacerlo a sangre fría, no en el calor del enfrentamiento, sino después, habiendo vencido. Allá adentro estaban, por ejemplo, los militares acusados de ejecutar a una docena de personas en Tlatlaya, en el Estado de México, en 2014; o los procesados por balacear a sangre fría al joven Otilio Cantú en Monterrey, en 2011. Queríamos conocer sus historias, por qué habían elegido el Ejército, cómo y cuándo había sido su primer contacto con la violencia en el país, por qué habían acabado allí, en prisión.

Teníamos, claro, una razón de fondo para ese enfoque. Nunca antes en la historia de México había muerto tanta gente asesinada como en los años anteriores. La política confrontativa del presidente Felipe Calderón, que había gobernado de 2006 a 2012, elevó la tasa de homicidios a cifras nunca vistas, al menos desde tiempos de la Revolución, cien años atrás. Con Enrique Peña Nieto la tendencia aumentó. El año 2018 fue el más violento en México desde que se tienen registros.

Son más de 200,000 asesinatos1 y 40,000 desaparecidos2 desde 2006. Es una gran herida social y muchos periodistas la hemos narrado en infinidad de ocasiones en textos profundos, con análisis sesudos, decenas de notas en la TV, revistas y libros. La mayor parte de esas historias –y esa mayor parte es una mayoría abrumadora– ha sido contada desde la memoria y el dolor de las víctimas.

Nosotros queríamos contar la mirada de los victimarios.

III

Cuando explicamos cómo empezamos a investigar a los militares y por qué, siempre hablamos de una cena en casa de Daniela, un viernes de verano en 2015. Vino, tortillas de papa, mezcal de Guerrero. Comíamos y bebíamos junto a la estufa. Nos sentíamos frustrados.

Pablo acababa de volver de Arcelia, en Guerrero, de entrevistar a una decena de familiares de los ejecutados en Tlatlaya. Familias pobrísimas, ranchos miserables, novenarios orados desde la rotunda humildad de un patio hecho de polvo, adobe y láminas de zinc. Y una frase que se repetía en cada morada: “Si andaba en malos pasos, que los hubieran detenido, pero, ¿para qué los mataron?”

Daniela llevaba cinco meses trabajando en la producción de La libertad del Diablo, un documental que ahonda en los motivos de la violencia en el país y las consecuencias que provoca. Entrevistas con sicarios, expolicías y exsoldados, algún torturador…

No recordamos quién dijo qué y cómo, pero aún ahora, apenas nos estrujamos el cerebro, aflora una sensación de impotencia con la manera en que nos acercábamos a la violencia. Habíamos escuchado historias de terror, la aflicción de madres que habían perdido a sus hijos, el miedo y la amargura de los supervivientes. Lo habíamos contado de la mejor manera posible, tratando de entender los matices, de rescatar su dignidad, de hacerle justicia al dolor. Pero sentíamos que parte de la imagen se nos escurría como líquido entre los dedos.

¿Por qué militares en Tlatlaya habían matado a los vencidos? ¿Por qué militares habían asesinadoa Cantú? ¿Por qué secuestraron a Miriam López Vargas en Ensenada, la torturaron y violaron y luego la soltaron? ¿Por qué dijeron que esquirlas de una granada lanzada por criminales mataron a dos niños, los hermanos Almanza, en Tamaulipas, cuando en realidad fueron sus propios proyectiles? ¿Por qué les disparan? ¿Por qué se les va la mano? ¿Por qué la saña? Eran preguntas que no podían contestarlas los familiares de los muertos o los propios supervivientes.

Si en todos esos hechos los victimarios habían sido soldados, las respuestas estaban con ellos, no del lado de las víctimas. Teníamos que preguntarles a ellos.

Más allá del narco, de la delincuencia organizada, de la narrativa oficial que cuenta esta historia como una batalla entre buenos y malos, es un hecho que muchos de los crímenes perpetrados en este tiempo han sido cometidos por servidores públicos. Soldados, marinos o policías traicionaron la razón de ser del Estado y, en vez de usar la potestad de la fuerza para defender a los ciudadanos, la emplearon en su contra.

Está el caso, por ejemplo, de Javier Eduardo,3 desaparecido por soldados en Ciudad Juárez en el año 2009 y cuyo cuerpo fue encontrado, con señales de tortura, tirado en mitad del desierto. O el del joven médico Jorge Otilio Cantú, asesinado en 2011 al salir del trabajo:4 le dispararon mientras manejaba su camioneta por la lateral de la avenida Lázaro Cárdenas, en el sur de Monterrey y, ya moribundo, lo remataron con seis tiros en la cara a menos de un metro de distancia.

Cuando sucedieron, cubrimos los casos de Javier Eduardo y Jorge, escuchamos a sus familias, contamos su dolor… Pero ignorábamos la historia de sus victimarios ¿Por qué habían matado a Jorge si, herido, ya no representaba un peligro? ¿Por qué torturaron hasta la muerte a Javier Eduardo?

En la última década, el ombudsman mexicano ha recibido más de 11,000 quejas por presuntas violaciones a los derechos humanos cometidas por militares  ¿Quiénes son esos soldados? ¿Qué pasa y ha pasado en su vida para llegar a ese punto? ¿Cuáles son sus historias? ¿Cómo y para qué han sido entrenados? ¿Cómo, en qué momento, por qué un soldado decide asesinar, torturar, desaparecer? ¿De qué manera lo decide? ¿Qué mecanismos psicológicos activan su decisión? ¿Lo niegan? ¿Se vuelven cínicos? ¿Duermen en calma? ¿Han sentido la necesidad de hablar con las madres, hermanas, novias, hijos de sus víctimas? ¿Han vuelto a ser felices tras matar? Cuando esos soldados mataron, ¿tenían otra opción?

Queríamos conocer a los soldados, mano y cuerpo que opera las órdenes del Gobierno en esta guerra interminable. Queríamos conocerlos para tratar de entender, primero, cómo se construye una estructura, una inercia burocrática, capaz de dañar, matar y desaparecer. Y segundo, para comprender cómo estos soldados sin nombre llegan a asumir la vida del otro y decidir sobre ella.

¿Por qué elegimos a los militares y no a los marinos, los policías o los gendarmes? Porque los soldados del Ejército —La Tropa, como les llaman— son el pueblo en uniforme. Lo dijo el secretario de la Defensa Nacional en marzo de 2018, en la ceremonia de entrega de menciones honoríficas a integrantes de las Fuerzas Armadas. Molesto por las críticas contra los soldados, el general Salvador Cienfuegos los defendió: “Somos el pueblo en uniforme militar. Nunca criminales ni represores, nunca cobardes y abusivos, nunca mediocres ni mentirosos, nunca desleales ni traidores.” También lo han dicho otros antes que él y lo siguen diciendo. Ningún cuerpo policial o castrense ha desplegado tantos efectivos de 2006 a 2018 como el Ejército. Tanto es así que en muchos pueblos y ciudades del norte, centro y sur del país, la gente les llama gobierno . Escuchas a vecinos de pueblos como Arcelia, en Guerrero, o ciudades como Reynosa, en Tamaulipas, decir que hay “mucho gobierno” en las calles. Es decir, que hay soldados patrullando.

De diciembre de 2006 a la fecha, 540 mil soldados han salido a patrullar las calles del país. El Ejército mexicano ha sustituido a las policías locales y federales y ha tomado bajo su responsabilidad la seguridad de muchas regiones. La violencia ha sido una de las consecuencias más inmediatas. Una base de datos que obtuvimos de la Secretaría de la Defensa, por ejemplo, mostraba que militares y civiles se habían enfrentado en 4,272 ocasiones durante esos ocho años, de diciembre de 2006 a octubre de 2018.5 Otra vez: 4,272 balaceras con sus muertos. Decenas de miles de balas cruzando el aire en dirección a un cuerpo.

.@Ferritortola .@DanielareaRea .@megustaleermex .@Aguilaredit

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