- Michael Sledge explora la vida, obsesiones y contradicciones del excéntrico mecenas inglés que convirtió la Huasteca en un sueño de concreto y selva.
Juana María Ramírez Gea.-
Entre escaleras que no llevan a ninguna parte, puertas que se abren a la espesura y estructuras que parecen brotar de la tierra como orquídeas imposibles, el escritor Michael Sledge encontró la materia prima de su nueva novela: Las Pozas, una obra que se adentra en la vida del artista y mecenas surrealista Edward James.

Entrevistamos a Sledge, durante la pasada Feria Internacional del Libro de Guadalajara, quien nos compartió las razones por las que decidió escribir sobre la vida de James, y la fascinación que ejerce su obra en su trabajo.
La historia parte de un hecho real: la llegada de James a México en la década de los años 40, en medio del éxodo de artistas e intelectuales europeos que huían de la guerra. Millonario, excéntrico y profundamente inseguro, el inglés buscaba algo más que refugio: buscaba un Edén.
Y lo encontró en Las Pozas, en el corazón de Xilitla, en el estado de San Luis Potosí, donde durante casi cuatro décadas levantó más de 300 esculturas y estructuras monumentales en medio de la selva.
“Llegó con la idea de crear arte inolvidable, pero no tenía claro qué iba a hacer. Empezaron con esculturas de concreto y cada vez se volvieron más imaginativos, más locos… hasta construir edificios de cinco pisos con escaleras que van al cielo”, relata Sledge.
Un paraíso construido desde la obsesión
En la novela, el paisaje no es solo escenario: es protagonista. Cascadas, vegetación exuberante y vestigios de una antigua finca revolucionaria se entrelazan con columnas oníricas y formas orgánicas que parecen imitar la naturaleza.
Para Sledge, recorrer ese lugar fue una experiencia transformadora. “Cuando no sabes lo que vas a encontrar, te transporta a otro cosmos”, explica. Más que archivos o documentos, su proceso creativo se nutrió de la observación directa del sitio: “Usé el lugar como mi investigación. Me preguntaba qué impulsos, qué deseos crearon esas estructuras”.
El autor describe a James como un personaje de contrastes: brillante y refinado en su mirada artística, pero también vulnerable, casi infantil en su necesidad de aprobación. “Tenía todo el dinero del mundo, pero era como ese niño rico inseguro”, apunta.
La amistad con Leonora Carrington
Uno de los capítulos más fascinantes del libro aborda la relación entre James y la artista surrealista Leonora Carrington. Amigos cercanos, él impulsó su primera gran exposición en Estados Unidos y escribió el catálogo que la acompañó.

Carrington visitó Las Pozas y dejó huella en el sitio con murales y pinturas que aún permanecen. Según Sledge, su opinión fue clave para que James se asumiera no solo como mecenas, sino como creador.
“Ella fue muy importante para que él se sintiera artista. La opinión de los demás era fundamental para él”, señala el escritor.
Una colaboración de 40 años
La novela también pone en el centro la relación entre James y Plutarco, su maestro de obra, un vínculo creativo que se extendió por cuatro décadas. Esa colaboración, marcada por la confianza y la experimentación, es uno de los ejes emocionales del relato.
“Él no hizo esto solo. Fue una construcción colectiva, una relación casi surreal en sí misma”, explica Sledge.
La orquídea que lo cambió todo

Curiosamente, el origen de esta aventura artística no fue arquitectónico, sino botánico. James llegó a la región obsesionado con encontrar una orquídea cuya flor parecía dibujar una calavera. No la halló. En cambio, encontró una finca abandonada entre montañas y selva.
Ese hallazgo accidental dio origen a uno de los proyectos artísticos más singulares del siglo XX en México.
Con Las Pozas, Michael Sledge no solo reconstruye la biografía de Edward James; propone una inmersión en la mente de un hombre que quiso domesticar el paraíso y terminó fundiéndose con él. La novela invita a mirar más allá de las esculturas y a descubrir al ser humano detrás del mito.
“Espero que el lector conozca más acerca de su vida”, dice el autor. Y, quizá, que al cerrar el libro sienta el impulso de perderse entre columnas imposibles y escaleras que apuntan al cielo.