El Mundial y el derecho invisible: propiedad intelectual y fútbol  

Punto de En-Roque

Edith Roque Huerta, analista jurídica. 

El Mundial de 2026 ya se siente en el ambiente. No solo en la ilusión deportiva, sino en el ruido previo de contratos, licencias, patrocinios y derechos exclusivos que empiezan a moverse antes de que ruede el balón. México será sede —otra vez— de una Copa del Mundo, ahora compartida con Estados Unidos y Canadá. Pero más allá del espectáculo, hay un partido silencioso que también se está jugando: el de la propiedad intelectual como eje del negocio del fútbol global. 

El Mundial no es solo un evento deportivo. Es una maquinaria económica basada, casi por completo, en activos intangibles: marcas, derechos de autor, derechos conexos, derechos de transmisión, licencias comerciales y patrocinios exclusivos. Quien controle esos derechos, controla el flujo de valor. Y quien no tenga un marco jurídico sólido, transparente y eficaz para protegerlos, se convierte en terreno fértil para la informalidad, la piratería y la captura desigual de beneficios. 

La Copa Mundial de la FIFA 2026 —organizada por la FIFA— opera bajo un modelo claro: exclusividad absoluta. Las marcas oficiales, los emblemas, los lemas, las imágenes, la música, las transmisiones y hasta ciertas expresiones gráficas están protegidas y licenciadas de manera estricta. Nada es casual. Todo es propiedad intelectual convertida en negocio global

Ahí surge la primera tensión para México. Nuestro régimen de PI, aunque formalmente alineado con estándares internacionales, muestra debilidades estructurales cuando se enfrenta a eventos de esta magnitud. La piratería —física y digital— sigue siendo tolerada socialmente y combatida de manera desigual por las autoridades. Playeras, gorras, posters, transmisiones “pirata”, plataformas ilegales y uso no autorizado de marcas oficiales forman parte de una economía paralela que florece en cada Mundial. 

El problema no es solo jurídico; es cultural e institucional. Durante años, la piratería ha sido vista como un “mal menor”, una salida económica informal o incluso una forma de acceso popular al espectáculo. Pero en el contexto del Mundial, esa normalización tiene costos altos: sanciones internacionales, pérdida de confianza de inversionistas, exclusión de cadenas de valor formales y una imagen de debilidad regulatoria frente a socios comerciales. 

Los derechos de transmisión son otro frente crítico. El Mundial es, quizá, el contenido audiovisual más valioso del planeta. Cada segundo está protegido por derechos de autor y derechos conexos. Sin embargo, en México persisten prácticas de retransmisión no autorizada en establecimientos, plataformas digitales y redes sociales, muchas veces sin consecuencias reales. El reto no es solo sancionar, sino educar: explicar que transmitir un partido sin licencia no es un acto inocente, sino una infracción que afecta un ecosistema económico completo. 

En materia de patrocinios, el Mundial también expone una debilidad recurrente: el desconocimiento de las reglas de exclusividad y del llamado ambush marketing. Empresas locales, comercios y hasta autoridades suelen usar símbolos, frases o imágenes asociadas al evento sin autorización, creyendo que “sumarse al ambiente mundialista” es libre. No lo es. Y cada uso indebido genera conflictos legales, costos y, en algunos casos, litigios internacionales que México podría evitar con mayor claridad normativa y campañas de información preventiva. 

Pero el Mundial no es solo riesgo; es una oportunidad histórica. Bien gestionado, puede convertirse en un catalizador para fortalecer la cultura de la propiedad intelectual en México. Para profesionalizar a emprendedores, creativos, medios, comerciantes y autoridades locales. Para mostrar que la PI no es un obstáculo, sino una herramienta de desarrollo económico, innovación y competencia leal. 

Al final, el balón durará noventa minutos. El Mundial, un mes. Pero las lecciones —o las omisiones— en propiedad intelectual quedarán por años. La pregunta no es si México puede organizar partidos; eso ya lo sabemos. La pregunta es si estamos listos para jugar, con seriedad, el partido jurídico del siglo XXI: el de proteger lo intangible en una economía donde el valor ya no se toca, pero se explota. 

Porque en el fútbol global, como en el derecho, quien no cuida sus reglas, termina jugando en cancha ajena. 

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