El libro que sostiene a Guadalajara: por qué la FIL es más que un evento

Edith Roque

Cada diciembre, Guadalajara se transforma. Las calles se llenan de acentos, lenguas, mochilas repletas de libros y miradas curiosas que buscan un hallazgo inesperado entre pasillos interminables. La Feria Internacional del Libro en Guadalajara, no es solo un evento: es una limpieza simbólica del aire cívico de la ciudad. Durante nueve días, la conversación pública se desplaza del ruido político a la reflexión, del algoritmo al encuentro humano, de la prisa al pensamiento, y, sin embargo, pocas veces entendemos la FIL en su verdadera dimensión: como un componente esencial del ecosistema democrático de Jalisco. Una pieza cultural, económica y ética que sostiene a la ciudad más allá del entusiasmo editorial.

La FIL funciona, en términos estrictos, como una infraestructura de paz. No solo por la presencia de autores que promueven la reflexión crítica, sino porque el evento construye tejido social: convoca a miles de estudiantes que, en un país marcado por la violencia y la desigualdad, encuentran allí un espacio seguro para imaginarse futuros posibles.

En teoría urbana, estos espacios se conocen como infraestructuras de encuentro: lugares donde la ciudadanía convive, dialoga y se reconoce mutuamente. La FIL es exactamente eso, pero potenciado por el libro, un instrumento que históricamente ha permitido que las sociedades procesen conflictos, nombren injusticias y transformen realidades.

Que más de 800 mil personas entren cada año a un recinto para leer, escuchar, debatir y aprender no es un dato anecdótico: es una política pública real, una pedagogía masiva que no necesita de discursos gubernamentales para funcionar. En la FIL, miles de jóvenes experimentan un acto de ciudadanía cultural que no siempre encuentran en sus escuelas ni en sus entornos barriales.

Nada de esto sería posible sin la Universidad de Guadalajara, la institución que sostiene —literal y simbólicamente— la FIL.

En un país donde las universidades públicas suelen estar bajo presión financiera y política, la UdeG ha demostrado que la educación no solo sirve para otorgar títulos, sino para articular un proyecto de ciudad. La FIL es, quizá, su ejemplo  más sofisticado de extensión cultural: un puente entre la academia, la sociedad y el mundo.

La UdeG no es un invitado a la FIL: es su columna vertebral. Su capacidad de convocar editoriales, universidades extranjeras, bibliotecarios, autores, científicos y lectores revela un modelo de gobernanza cultural que debería estudiarse con seriedad. Mientras otros estados pierden instituciones y espacios culturales, Jalisco sostiene una feria que compite con Frankfurt en tamaño y diversidad.

A veces olvidamos que estas cosas no suceden solas. Requieren visión, autonomía universitaria y compromiso ético con la cultura. Eso es lo que está en riesgo cuando se cuestiona el financiamiento o se reduce la capacidad operativa de la UdeG.

Los libros no se imprimen con discursos. Las ferias no se sostienen con voluntarismo. El ecosistema cultural —como cualquier infraestructura pública— necesita presupuesto, políticas a largo plazo y respeto institucional.

En los últimos años, la cultura ha sido una de las víctimas silenciosas de los recortes presupuestales. Cuando la cultura se ve como gasto y no como inversión, los primeros espacios en resentirlo son precisamente aquellos que parecen “festivos” o “masivos” pero cuya función es profundamente democrática.

La FIL es uno de los momentos en que Guadalajara se reconoce como metrópoli cultural. No por orgullo vacío, sino por convicción. La ciudad se vuelve un laboratorio de ideas; un territorio que, aunque temporal, nos recuerda lo que podríamos ser si apostáramos de manera permanente por el conocimiento. La feria sostiene mucho más que ventas editoriales. Sostiene una idea de comunidad, una manera de habitar la ciudad y un pacto ético entre quienes creemos que la palabra —y no la violencia— debe ser el centro de nuestra vida pública.

La FIL no solo llena estantes. Llena vacíos. Vacíos de diálogo, de esperanza, de imaginación colectiva. Y por eso, aunque dure nueve días, permanece todo el año en la conciencia de una ciudad que, sin ella, sería más pobre en todos los sentidos.

La pregunta, entonces, no es qué le da la FIL a Guadalajara, sino qué estaría dispuesta Guadalajara a perder si dejara de defenderla.

Deja un comentario

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.