Cultura

Ezpiral dominical

Book story

 Por Gabriela Carballido.-

 

libros

 

Aún quedaban unos muebles por sacar de la casa, lo que le había parecido más difícil había sido el librero; madera raspada, polveado desde hace tanto tiempo que ni siquiera recordaba el momento en que un trapo había pasado por ahí. El murmullo de que ese también iría a dar a la casa del Padre Cuéllar removió los sentimientos de sus habitantes. Los primeros en respingar fueron los menores: Mis primeros conocimientos, que inconsolables decían que no los podían separar, que estaban muy acostumbrados a estar siempre juntos, aunque Pepe tenía más de 40 años sin tocarlos. La Enciclopedia Salvat, tan maternal, trataba de consolarlos: “No lloren, véanos a nosotros que tenemos desde que Pepe estaba en Secundaria que ni nos voltea a ver, debe habernos cambiado por esos ejemplares elegantes que compró su mamá, pero en esta vida todo se paga, eso se llama Karma”; “qué cara puso cada uno de esos libros cuando vieron por primera vez a Pepe sentado frente a una computadora investigando su tarea”, hasta parecía que iban a desmayarse, más aún que cuando Pepe los ignoró por devorarse el de La celestina o Un mundo feliz que tanto revuelo causó en la Preparatoria.

Inmediatamente, todos los mencionados se enderezaron, se sacudieron el polvo y se quedaron atentos a lo que los demás decían, estaban tan adormecidos que no se enteraron que habrían de regalarlos. El más confundido era el de Cien años de soledad que vivía mareado en el tiempo y entre tantos nombres que iba cargando. Desde una esquina del mueble, su hermano, El amor en tiempos de cólera, lo miraba; sabía que aunque llevaran el mismo apellido podrían terminar en diferentes sitios. Los libros de poesía se consolaban unos a otros, los de Neruda se escondieron detrás de los de Gabriela Mistral. Estaban tan sentimentales, hasta que vieron a su lado un libro de cuentos de Juan José Arreola que jugaba entretenido con las palabras. El único libro que no tenía polvo era el de Cometas en el cielo, que curiosamente parecía más viejo que los demás por sus hojas arrugadas, tal vez por los lagrimones que la esposa de José derramó al leerlo. El ruido de los pasos los alertó a todos, tratando de aferrarse a su querido librero. Shshsh, dijo El principito, ahí vienen. El diario de Ana Frank se tapó la boca.

—Tráeme unas cajas Alma, ni modo que me deshaga de los libros, me recuerdan mi infancia y muchas épocas de mi vida, ¿no crees que podríamos volver a leerlos?, dijo José.

—Eres tan sentimental, José; pero no hay espacio, aseveró la mujer.

Como héroe con la bandera envuelta, cayó al piso el de Mujercitas, seguido por Orgullo y prejuicio; Alma suspiró por un momento, se le vinieron los recuerdos, quiso disimular y firme miró a su marido. Está bien, José, solo por ti les encontraré un espacio, solo por ti.

 Del Taller Al Gravitar Rotando

 

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