El acento fresa

Por Chris Estrada

¿De dóande vendrá ese acento que usan los llamados “fresas” al hablar? ¿A qué calle, a qué barrio, ciudad o país corresponde? Yo, por ejemplo, tengo un acento deshojado, de lengua floja, adicto a las fricativas, marcadamente sordo. Sé que lo escuché de mi madre, a quien le debo mi lengua y mi entender temprano del mundo. Sé, porque así lo recuerdo, que mis vecinos hablaban igual y que mi familia hablaba igual y que en mi escuela, en la tienda y en la calle, todos hablaban como yo. Sé, también, que a veces era difícil reconocer mi acento en el campesino, o que mis compatriotas deportados de los Estados Unidos inventaron variaciones apabullantes que me hacían fruncir el ceño para entenderles. Pero mi acento también funciona como una antena hipersensible a las redundancias del habla, y por eso puedo reconocer a un compatriota aunque lo escuche de lejos, en un aeropuerto, en el Zócalo, en una fiesta.

fresas

Me pregunto, pues, de qué barrio o de qué ciudad habrá salido la manera de hablar de estas personas, sonorisando su conciencia de clase con esos énfasis verbales: el “o sea” grave y mentalmente oclusivo, que equivale a un punto y coma no asimilado en la estructura del habla; el agudo desenlace de las verdades evidentes, oraciones que acaban casi en chillidos pero que más bien son sentencias de muerte, cortadle la cabeza, build that wall, wuarever, naquísimo we.

Es seductora la idea de que existe un territorio meta-predial, transfronterizo, completamente ajeno al criterio del Ius Soli,[1] en el que se encuentran estos vagabundos de las apariencias, sub-estetas de pobres aspiraciones, para escucharse y entrenarse como lo hace un niño que está pasando del balbuceo a la palabra. Cómo no reeditar a Colón y querer zarpar en tres barcazas para proclamar “esta tierra le pertenece al castellano y al inglés y al cantonés y al alemán, por real orden y para gran gloria de la vanagloria irrealista” y darse a la tarea de encontrar a estos fresas y nombrarlos caballeros a todos. Tú, sagrada orden de la riqueza mal habida; tú, cruzado de la indecencia y primer gran violador del paso cebra; ustedes, vengan, les ordeno ostentar en sus pechos no un león, sino una marca transnacional, en letras grandotas, porque han de defender las sagradas rutas del consumo y de la publicidad.

El acento, que bien podríamos considerar como la auténtica materialización de los actos de habla —la parole, pero parlanchina—, es como el bullicio de las verbenas. Crea una burbuja imperceptible que, mientras dure, nos ayuda a sabernos en el mismo lugar y en el mismo momento. Cuando nos hemos retirado lo suficiente como para ya no escuchar ese bullicio, significa que ya no estamos en la verbena. Mi razonamiento quizás les resulte vulgar, pero piensen en lo que le pasa a un migrante cuando finalmente se da cuenta de que llegó a un lugar donde nadie habla, ni nunca hablará como él. La verbena se acabó. Su acento, en consecuencia, habrá comenzado un proceso paulatino de degradación que, tarde o temprano, hará explotar la burbuja y quién sabe cuántas certezas vitales más.

Pero el acento de los fresas no conoce esas fronteras. Él mismo es una frontera existencial. Frontera incorporada, el acento fresa es un muro convertido en palabra. Cuando el fresa ve amenazada la triste autoridad que le da su naturaleza aspiracional, acentuará su habla y ridiculizará al mundo y sus jodidos. Su territorio está delimitado por el anhelo inalcanzable de reconocimiento. Ahí, el fresa siempre tendrá visa. Desde ahí, siempre tendrá un selfie para mostrar. El fresa ostenta un habla antifricativa, a diferencia de mi acento, puesto que lo suyo es aspirar: aspirar a un mejor coche, a un viaje a Dubai. En mi tierra, aspiramos la “s”, la llevamos hasta el velo del paladar y la convertimos en “j”. El campesino de mi tierra aspira de más y más marcadamente las letras —¿a qué más puede aspirar en la vida?—, y al fresa no le queda más que aspirar a la buena vida. Claro, sin olvidar que probablemente nunca tendrá la capacidad de distinguir entre lo que es bueno y lo que es malo.

[1] Cuando los gobernantes se dieron cuenta de que podían reclamar la propiedad de las personas, disfrazaron este reclamo mediante la creación de un principio que otorgaba derechos a los nacidos dentro de las fronteras de sus territorios —es decir, una nacionalidad—. A ese principio se le conoce como Ius Soli, que burdamente podría traducirse como “derecho emanado del suelo”.

Del Taller Al Gravitar Rotando

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