Un sobrecito de té de manzanilla

Se te tuesta de más la rebanada de pan y tienes que rasparla. De por sí es delgada y no te queda más que un pedazo de bolillo duro. Lo miras y Pedro, tu perro, ladra tres veces diciéndote: ni lo pienses, ese es mío, dámelo. Se lo avientas y se va con él en el hocico, te mueve la cola. Lo envidias, si tan sólo pudieras moverla así, con esa soltura, con aquella alegría.

te

Escoges la taza menos despostillada, la que ella dizque olvidó al irse. “Generación 94-98” aún se alcanza a leer. La llenas con el agua que acabas de calentar en la parrilla eléctrica. Nunca te gustó el microondas. Y recuerdas entonces que olvidaste comprar nescafé ayer. Maldices, vociferas, hurgas en los rincones de tu paupérrima despensa. Detrás de un paquete de sopa de letras encuentras un sobrecito de té de manzanilla. Bueno, aunque sea agua de calcetín, piensas. Al abrirlo te das cuenta que no hay bolsita sino un papelito muy bien doblado que abres y lees: “Querido: Y yo tanto que estuve queriendo-te”.

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Brevedades…

boca

La boca es la cueva del bocado. La lengua, el tentáculo que lo devora.

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Encontrar cervezas en cualquier farmacia es la mejor manera de acercarnos a la medicina alternativa.

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En la pacha de mi mano te bebo la línea de la vida.

 

Ana Cantú

Del Taller: Al Gravitar Rotando

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