Confesión de un paciente a su joven cardióloga

doctora

Doctora, antes de conocer el diagnóstico de mi grave enfermedad,  déjeme decirle que creo saber lo que padezco.

Luego de quince consultas en las que usted, tan linda como es (con ese lunarcito en la comisura de sus labios),  de recibirme con su bata blanca y su estetoscopio alrededor del cuello y de pedirme que me descubra el pecho y de colocar su mano en mi corazón y decirme: “respire” y darme cuenta de que no puedo respirar si la miro a los ojos y menos aún si bajo la mirada y me encuentro con su escote; sé doctora, mi linda doctora, residente de mi corazón, que mi mal es cardíaco. Usted puede señalar en el reporte médico, sin temor a equivocarse,  que al paciente no se le ha detectado estómago, ni pulmones, ni páncreas, ni hígado, ni vesícula biliar, sólo un corazón de tamaño descomunal que apenas cabe en la caja torácica del antes citado.

Quiero decirle que me he puesto a investigar, con el fin de apoyarla y descubrir por fin cuáles son, a ciencia cierta, las afecciones de mi corazón.

Los síntomas son: la falta de aire cuando imagino un intenso ejercicio amatorio en el que usted es mi entrenadora.  El cansancio, sudor constante, temblores en todo el cuerpo, palpitaciones y ganas de volverme música, de volverme pájaro y de volverme dios.

Por lo que han arrojado mis investigaciones, estos síntomas se presentan hasta después de los 30 años; dicen que a los 60  — como es mi caso— uno ya comienza a presentar cardiopatías varias y, mire, mi linda doctora, todo me lleva a deducir que mi mal es este que llaman cardiopatía hipertrófica.

Sé que es un trastorno cardiaco que provoca un crecimiento atípico del corazón;  por lo que entendí  — y no sé si entendí bien— este músculo no puede detener su crecimiento y sin proponérselo desplaza los órganos internos hasta hacerlos desaparecer.

corazon

La única forma de detectar este extraño mal, según leí en Internet,  es a través de un ecocardiograma, y bueno, yo que conozco de raíces grecolatinas, puedo decirle que el término remite al acto básico y sencillo de escuchar el eco del corazón, y yo doctora, lo escucho en dolby stereo, de lunes a domingo, en sueño y en vigilia, y creo invariablemente escuchar su nombre.

Leí también que en casos extremos se presentan arritmias severas, sonrisas que parecieran estúpidas durante el sueño y murmuraciones que a toda luz y toda sombra son invariablemente el nombre de una mujer. Este texto científico también menciona que las personas que presentan este padecimiento son sometidas a cirugías mayores que, sin instrumentos quirúrgicos  ni anestesia, ponen a prueba el enorme tamaño del corazón del paciente a través de actos poéticos.

Este documento señala que el corazón no deja de crecer, que la sangre termina por irrigar los resquicios del cuerpo que no son ocupados por el miocardio. Dice que el paciente no muere por tener el corazón crecido, que sí vive para contarlo.

¿Usted qué dice, doctora?

Yo considero que la gravedad del asunto merece una consulta en calidad de urgente para dialogar a propósito de estas investigaciones mías, de estos males que me aquejan y de los que usted es especialista.

Deme una cita lo más pronto posible. Necesito verla de nuevo, en su consultorio, claro, y escuchar nuevamente que me diga “respire” y toque este corazón que ya ocupa todo el cuerpo.

Ada Erika Figueroa

Del taller Al Gravitar Rotando

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