Edith Roque.-
Entramos a 2026 con una paradoja difícil de ignorar. Nunca habíamos estado tan conectados y, al mismo tiempo, tan exhaustos de la conexión. La tecnología prometió acercarnos; en la práctica, con frecuencia ha multiplicado el ruido, la fricción y una sensación persistente de cansancio colectivo. No es un malestar individual ni pasajero. Es un síntoma social.
Las redes sociales —pensadas como espacios de encuentro— operan hoy como amplificadores de tensión. La conversación pública se volvió inmediata, reactiva y, muchas veces, hostil. La lógica del “responde ahora” desplazó a la del “piensa primero”. Se discute más, pero se escucha menos.
La fatiga digital, por primera vez, dejó de ser intuición para convertirse en diagnóstico. Diversos estudios difundidos hacia el cierre de 2025 coinciden en un punto central: el uso intensivo de plataformas no está fortaleciendo el debate público; lo está erosionando. De ahí el crecimiento del llamado social detox, entendido no como rechazo absoluto a lo digital, sino como intento de recuperar control. Menos estímulos. Más filtros. Más silencios deliberados.

A ello se suma un rechazo creciente al contenido hiperproducido. No porque la tecnología sea irrelevante, sino porque su uso masivo ha homogeneizado el discurso. Mucho contenido, poca sustancia. Mucha forma, escaso fondo. En ese contexto, no sorprende el auge del desinfluencing y la desconfianza hacia todo lo que parece excesivamente publicitado. La saturación se volvió una experiencia común.
Este cansancio no se limita a las grandes redes abiertas. WhatsApp y Telegram, diseñadas para la cercanía, también se han convertido en espacios de presión constante. La expectativa de disponibilidad inmediata —el doble check, el “ya te escribí”, el reclamo por no responder— ha transformado la comunicación privada en una fuente adicional de tensión. La frontera entre lo urgente y lo importante se desdibujó. El silencio, antes legítimo, hoy suele interpretarse como descortesía.
En paralelo, prácticas que antes parecían marginales han ganado centralidad. El minimalismo digital, el bienestar analógico, los espacios sin señal o las vacaciones sin celular dejaron de ser extravagancias. Se volvieron mecanismos de autocuidado. No por nostalgia, sino por necesidad. Estar offline, por momentos, se convirtió en una forma razonable de protección emocional.
Sin embargo, el desgaste más profundo no proviene solo del exceso de estímulos, sino de la polarización, esta ya no es únicamente ideológica. Es cotidiana, emocional, persistente. De cara a 2026, el escenario parece dividirse en dos rutas posibles. Una apunta a la reconexión humana, conversaciones más lentas, comunidades más pequeñas, menos urgencia y mayor coherencia. En este camino, la confianza pesa más que la viralidad y el tiempo del otro vuelve a tener valor.
La otra ruta es la de la desconexión total, no como decisión consciente, sino como abandono. Salirse de las plataformas, refugiarse en espacios cerrados, reducir el intercambio. El riesgo es claro: que la polarización no desaparezca, sino que se traslade al mundo offline, con costos sociales más difíciles de revertir.
La pregunta de fondo es incómoda, pero necesaria: ¿la tecnología está al servicio de las personas o las personas seguimos organizando nuestra vida emocional alrededor de sus exigencias de inmediatez y confrontación? La fatiga es real. El hartazgo es visible. El deseo de reconectar, también.
Pero la reconexión no ocurre por inercia. Exige decisiones conscientes, límites claros y una revisión honesta de nuestras prácticas cotidianas. Tal vez el gesto más disruptivo de 2026 no sea un mensaje viral, sino recuperar el valor del silencio, de la espera y de la conversación directa.
El año apenas comienza. La disyuntiva está planteada: reconectar o desconectarnos del todo.