Vértigo

trapecistas

Una vez más, Vértigo (el famoso equilibrista), ha trepado a lo alto de su habitual plataforma. De nuevo se suspenderá del trapecio en el que empezará a columpiarse. Como otras veces, Estrella Fugaz, su bella compañera, habrá comenzado a mecerse en el suyo.

Cuando los dos acróbatas alcancen la amplitud adecuada en sus respectivos vaivenes, Vértigo habrá de soltarse y, solo en el vacío, deberá girar exactamente cuatro veces sobre sí mismo antes de encontrar de nuevo un asidero en las muñecas de ella, para alivio del público que observa el acto, atónito como siempre.

La constancia de sus triunfos sobre la muerte hará que cada repetición, cada ensayo, cada espectáculo se convierta en un baile con su propio final; y se vaya dejando lentamente atrapar por la tentación de provocar su llegada.

Y sería fácil. Un fallo ínfimo en una rutina calculada hasta la más insignificante fracción del segundo.

Llegó el momento de liberarse de todo. Vértigo está en su trapecio bailando su danza final. Su posición, su velocidad, son las adecuadas. Tres, dos, …uno, se ha soltado del trapecio. Comienza a girar una, dos, tres, cuatro veces: es la hora de la verdad. El momento en que todo fallará pero será también el último trazo maestro en su autorretrato.

Al girar en el vacío, convencido de cumplir su proyecto, inexplicablemente sus brazos se encontrarán con los de su compañera. Su instinto desarrollado a lo largo de una vida entera, sus reflejos cuidadosamente afinados en años de entrenamiento habrán frustrado sus secretos deseos. Los dioses del trapecio no permitieron que tal estrella se apagase justamente así.

Rodrigo Álvarez

Del Taller Al Gravitar Rotando

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